Meditación budista

El budismo y la meditación

Meditación budista
Meditación budista.

Meditar se refiere a la actividad de mantener la atención plena en una cosa: una percepción, un concepto, un proceso o una sensación con el propósito de paz y comprensión. Por ejemplo, se puede prestar atención al proceso de la respiración, a una sensación física, a un objeto, a la emoción de la benevolencia, a la repetición mental de una palabra llena de significado, o a la percepción de la impermanencia.

La meditación se puede hacer en cualquier postura, pero las más comunes son sentados con las piernas cruzadas y caminando de un lado al otro (ir y volver). La consciencia aumenta progresivamente a través de la meditación y la mente dispersada y distraída se vuelve más enfocada y clara.

Manteniendo esa consciencia plena el cuerpo y la mente se calman, mientras que, al enfocar la atención en el interior, el corazón recibe energía y luz. Cuanto más profunda se vuelve la meditación, más aumenta la serenidad, la calma y la paz.

Cómo meditar en el budismo

La consciencia limpia y purificada desarrollada a través de un entrenamiento continuo, aporta una claridad mental extraordinaria. Se empiezan a ver las cosas como realmente son, más allá de las limitaciones condicionadas y los patrones de pensamiento habituales. Según se va viendo claramente, nace la sabiduría y el estado zen. Así la serenidad y el discernimiento forman un dúo inseparable que se cultiva gradualmente hasta la realización del despertar total.

A continuación, se muestran las técnicas a seguir para una correcta meditación.

POSTURA Y ENFOQUE

La postura y el enfoque forman la base de una práctica beneficiosa de meditación. Estos elementos comprenden el punto de partida de la práctica y se aplican tanto al cuerpo como a la mente.

Cuando leemos, escuchamos o contemplamos la palabra “meditación”, es fácil tener la impresión de que la práctica abarca únicamente la mente, que es primordialmente una actividad mental. En nuestra cultura contemporánea observamos cada vez más imágenes publicitarias de gente sentada en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos cerrados en posición de “yogis”.

Sin embargo, si en alguna ocasión hemos intentado meditar, nos hemos dado cuenta inmediatamente que mantener esta posición atenta y perfectamente equilibrada puede ser difícil, ya que nuestras piernas requieren de esfuerzo para entrar en esa postura y que, luego de lograrla, enseguida protestan nuestras rodillas, espalda y articulaciones de la cadera. Entonces nos percatamos de que la meditación implica el cuerpo y que no es únicamente una función mental.

A partir de la perspectiva tradicional budista ésta no es una circunstancia accidental y desafortunada. Experimentamos directamente y desde un principio que el entrenamiento involucra tanto al cuerpo como a la mente. Asimismo, la palabra “postura” se refiere tanto a la postura física como a la postura mental.

ENERGÍA Y RELAJACIÓN

Cuando intentamos meditar es fácil virar inconscientemente hacia los extremos, como cuando nos tambaleamos al montar la bicicleta por primera vez. Experimentamos uno de estos extremos cuando el cuerpo y la mente se encuentran demasiado energizados como para establecer las cualidades de tranquilidad y atención.

Quizás estamos muy estimulados y excitados con la mente acelerada, interesada y alerta, y el cuerpo inquieto. Generalmente, esto surge porque algo nos asusta o nos excita. Normalmente, estamos agitados a causa de algún estímulo emocional fuerte. No prestamos atención y nuestras mentes se adormecen y divagan, y nos encontramos enteramente relajados. Estamos conscientes sólo a medias, inatentos y sumidos en el letargo.

Por lo general, la relajación es vista como una desconexión de nuestras funciones.

Desde la perspectiva del budismo zen, la meta de la meditación es encontrar el estado de cuerpo y mente donde ambos elementos, el relajamiento y la energía, se maximizan y se equilibran entre sí. Uno de los principios del budismo es que la mente se torna cada vez más atenta y, por igual, más calma cuando aprendemos a calmarla y observamos profundamente su naturaleza.

EL PROPÓSITO DE LA MEDITACIÓN ZEN

Cuando empezamos con la meditación buscamos lograr el equilibrio del cuerpo y de la mente de una manera algo forzada o artificiosa, decidimos poner el cuerpo en cierta posición y luego tratamos de concentrarnos o serenarnos. Sin embargo, es importante comprender que no estamos intentando crear un estado antinatural. El propósito de la meditación es dirigir los aspectos de la vida, el cuerpo y la mente a alinearse con su naturaleza fundamental. No intentamos convertirnos o volvernos algo, o de hacer que la esencia de nuestra mente se torne pacífica o alerta.

En el punto de vista budista, nuestra naturaleza es y fue fundamentalmente pacífica, pura, sabia, atenta y compasiva pero estos atributos se opacan y obscurecen con el transcurso de nuestros días y de nuestras actividades: despertamos, dormimos, nos relacionamos con los demás y hacemos mil cosas que nublan estas cualidades. El propósito de la meditación no es crear un estado especial dentro de nosotros sino de descubrir, esclarecer y manifestar lo que siempre ha existido allí plenamente. Lo que tratamos de hacer es lograr que las condiciones externas lleguen a alinearse con la realidad fundamental de la naturaleza humana.

CÓMO TRABAJAR CON LA RESPIRACIÓN

Podemos utilizar una variedad de métodos para trabajar con la respiración. Distintas prácticas, como el “Hatha Yoga”, presentan técnicas como el “Pranayama” en la que el practicante altera su respiración de varias formas. En algunos métodos de meditación y relajación hay técnicas en la que el practicante respira muy profundamente o muy despacio, o cambia su respiración de varias maneras, hiperventilándose o respirando de forma continua para que no exista pausa entre inhalación y exhalación.

También, podemos percibir todo tipo de simbolismo en la respiración, en algunas tradiciones o escrituras se cree que la respiración es el ritmo del universo o la onda cósmica del “Prana”.

Sin embargo, en esta forma de meditación budista no consideramos los aspectos cósmicos o simbólicos de la respiración y no intentamos provocar efectos energéticos con ella. Cogemos el ritmo natural de la respiración tal como ocurre, ya sea corto o largo, profundo o superficial, consistente o cambiante, y lo aceptamos y usamos como objeto de meditación. Nos quedamos con la respiración, así como es, dejando que su ritmo, y la sensación del cuerpo, ocurran de forma natural.

Nuestra atención se enfoca en la agrupación de sensaciones que definen el proceso de la respiración e invitamos a nuestra atención a detenerse allí. Exploraremos este ejercicio más a fondo en la meditación guiada que se encuentra al final de este capítulo y en las lecciones siguientes. La mente se puede encontrar agitada o tranquila. Puede calmarse de inmediato o resistirse a la serenidad. No podemos controlar estas cosas y el funcionar de una sesión de meditación es impredecible.

LAS DISTRACCIONES: LOS SONIDOS Y EL PENSAMIENTO

Al principio, es más fácil volver a la quietud y la paz luego de distraernos con un sonido como el susurrar de las hojas. Es más difícil re-enfocarnos cuando lo que nos distrae son nuestros pensamientos, porque la mente crea historias que atraen nuestra atención y están llenas de contenido interesante, ya sea bueno, malo, doloroso, espantoso o excitante. Sin embargo, cuando desarrollamos nuestra práctica logramos ha habilidad de escuchar nuestros pensamientos sin dejarnos enganchar por ellos. Podemos escuchar al comité interno y dejar que todas estas voces se unan en el espacio del crisol de nuestro corazón.

QUIETUD EN LA RESPIRACIÓN

Cuando encontremos estable nuestro enfoque sigamos muy de cerca nuestra respiración. Prestemos especial atención al final de la inhalación y de la exhalación. Notemos cómo pausa nuestra respiración durante estos puntos de viraje. No intentemos extenderlos de forma antinatural, solo notemos el proceso. Dejemos que la mente atienda a la pausa en ese momento, saboreado la cualidad de quietud. Comprobemos la sensación, por más efímera que sea, de conectarnos con esa cualidad de quietud interna— que es la quietud esencial del espacio de la mente.

No importa cuántas veces divague nuestra mente, porque la atención es infinitamente renovable. Cuando notamos que nos hemos distraído, dejemos ir al objeto de nuestra distracción. Suave y pacientemente, centrémonos de nuevo en la respiración. Nos enredamos… dejamos ir… empezamos de nuevo.

LA CONCENTRACIÓN Y EL DISCERNIMIENTO

Buda distinguió dos niveles en la práctica de la meditación. En el primer nivel, que exploramos en las dos lecciones iniciales, construimos una base de tranquilidad, calma y enfoque. El segundo nivel comprende la liberación profunda del corazón y el desarrollo de la sabiduría y conocimiento de cómo son las cosas en realidad, en otras palabras, discernir la naturaleza de nuestra existencia y el papel que desempeñamos en el universo.

BUDISMO Y YOGA

Ocasionalmente, estos dos niveles en la meditación se presentan como distintos y separados, con técnicas específicas indicadas para desarrollar cada nivel. Sin embargo, Ajahn Chah y Ajahn Sumedho (monje norteamericano y líder del Linaje Del Bosque tailandés de Ajahn Chah en Occidente) enfatizan que es más preciso contemplar estos dos niveles como parte de un todo.

En lugar de describirlos como cualidades distintas no relacionadas, es más exacto verlos como fases o atributos de una sola realidad fundamental en la práctica. Digamos que son como observar la flor de un manzano y morder la manzana ya madura, la flor no se parece a la manzana, pero son parte del mismo proceso.

CÓMO FUNCIONA

Funciona así: Nuestra meditación comienza al enfocarnos en la respiración o un objeto en particular. Una vez que nuestra mente esté clara y firmemente situada en el momento presente, dejamos ir nuestro enfoque en la respiración u objeto, y abrimos nuestro corazón al fluir total de la experiencia.

Puede brotar una multitud de pensamientos o sensaciones por las que la mente podría divagar. Sin embargo, cuando desarrollamos la meditación del discernimiento no nos enfocamos en el contenido de la experiencia sino en su proceso. En vez de analizar qué tipo de ave hizo el sonido, sencillamente nos damos cuenta de que el sonido llega y desaparece, que el pensamiento surge y se desvanece, y que la sensación viene y se va.